• Estuvo pasando varias temporadas aquí con nosotros sus familiares lejanos. Bueno, estuvo específicamente con mi abuela que, si no me equivoco, es su tía. Por lo tanto, vivía a un lado de mi casa. Mi actual casa y la casa de mi abuela antes eran una sola y ahora la puerta que antes la conectaba se ha convertido en un librero entroncado en la pared en la habitación de mi hermana. Yo nunca vi las casas unidas, cuando yo nací ya se había hecho esa reforma, pero no puedo evitar sentir que siguen siendo una misma.

    Ese tema da igual, el punto es que ella vino y estuvo aquí en una temporada o varias, no estoy segura. No sé por cuánto tiempo estuvo, tal vez semanas o meses; todo esto me intriga mucho, pero lo que realmente me causa curiosidad es el motivo por el cual vino ¿por qué vino desde otro país a este pequeño pueblo?

    A pesar de que vivía aquí a un lado mio no la veía muy seguido, pero escuchaba de vez en cuando que los demás decían que estaba loca. Eso naturalmente despertaba la curiosidad en mí, yo nunca había visto a nadie que estuviera loco; no sabía lo que eso implicaba o cómo se comportaba uno.

    Ahora sigo sabiendo lo mismo que hace 20 años. No sé por qué decían que estaba loca, sinceramente quisiera saberlo, si los demás saben cuáles son los signos de la locura; lo obvio sería preguntarlo, pero muchas veces he preguntado sobre ella y pareciera que no es un tema importante, no me responden abiertamente o simplemente me ignoran y pasan a hablar sobre los padres de ella y cómo están actualmente, ya no quiero preguntar porque no quiero dar la impresión de que estoy obsesionada con ese tema que parece ser que todos ya olvidaron, pero eso no disminuye mi curiosidad sino que la aumenta. De hecho, me encuentro ahora mismo tratando de descifrar cuál era su nombre, pero no lo sé, ninguno encaja.

    De esa temporada y de ella solo tengo un recuerdo vívido: recuerdo verla por las mañanas tirada en la banqueta, tomando baños de sol. Recuerdo haber salido de mi casa en los brazos de mi papá o mi mamá, no estoy segura quién me llevaba, giramos a la derecha y ahí estaba ella tirada en la banqueta como si nada. Creo que hacía ese tipo de cosas y por eso creían que estaba loca. Nadie de nuestro rancho haría algo similar. Se encontraba muy despreocupada haciendo algo no esperado, era evidente que ella no era de aquí, esa fue la conclusión a la que yo llegué, no creí que estuviera loca, creí no era de aquí; mi papá no haría eso, mi mamá tampoco ¿yo? podría tener ganas de hacerlo, pero me daría pena.

    Las personas de aquí no se tiran en la banqueta como si nadie las estuviera mirando, pero ahí estaba ella con su cuerpo grande, sus brazos completamente extendidos hacia los lados, con su rostro blanco y orgulloso volteando hacia arriba y sus ojos cerrados con total confianza. Su cabello corto y desordenado contrastaba con lo ordenado de su rostro y la tranquilidad de su sonrisa.

    No pasó nada, en realidad de eso nadie dijo nada importante. Pero yo sigo recordándola ahí, acostada bajo la luz, como si no existiera nadie más, feliz, nada loca, sumamente cuerda. Pero la verdad, no sé si la vi o si la imaginé.

  • La primera vez que lo vi estaba con los ojos extraviados, buscando algo con desesperación; parecía perdido. Tenía un semblante afligido, reflejo de un cansancio casi invisible, pero presente por instantes en sus movimientos y en cómo levantaba constantemente la mirada que dirigía a los demás. Todo el mundo giraba a su alrededor, pero nadie lo veía; parecían planetas girando alrededor del sol, con la misma indolencia con la que los astros giran sin cuestionarlo, sin calcularlo y sin saberlo. Él veía por breves momentos los rostros de todos, tratando de encontrar a alguien, o eso me pareció. Esa expresión triste era resultado de una búsqueda infructuosa.

    Ahí fue cuando empezó a crecer dentro de mí la voluntad de acercarme. Estaba segura de que tenía que hacerlo. Cruzar esa plaza llena de gente, arriesgándome a que tropezaran conmigo, como tanto odio cuando ocurre.

    Era necesario que él también viera mi rostro por un segundo y que lo descartara, como estaba haciendo con todos los demás. Por lo menos tenía que intentarlo. Era mi forma de ayudarle. Tenía que decirle: ¡Mírame!

    Comencé a avanzar con disimulo, sentía que nadie debía ni siquiera sospechar mis intenciones o ya no podría realizarlo. Traté incluso de actuar sin ni siquiera pensarlo por si alguien podía leer mis pensamientos, quise distraerme y observé el cielo; estaba particularmente amarillo, pocas nubes en forma de arañazo de gato y pájaros azules surcaban el cielo de forma constante.

    Aun cuando estaba viendo eso, sentí que alguien venía caminando hacia mí, en realidad no venía hacia mí, caminaba de espaldas. Traté de moverme para abrir el paso, pero no soy tan rápida y de todos modos terminó tropezando y casi cayendo. El joven sólo atinó a voltear y decirme: “lo siento” mientras con su dedo índice tocó mi mano.

    ¿Por qué el gesto más natural que surgió de él fue tocarme solo con la punta del dedo? No tengo la certeza de con qué velocidad funciona su mente; cambió de intención en un instante y decidió que era mejor idea tocarme solo con su dedo índice a tocarme con su mano completa. Debe ser rápido.

    Ese incidente me motivó a avanzar con más rapidez para llegar lo antes posible. Había mucha gente, sí, pero ahora parecía formarse justo frente a mí. En ese momento me pareció una broma macabra, una actitud colectiva de crueldad y desinterés en la misma medida. Pero ahora no sé si se formaban para abrir camino, como las aves cuando utilizan una formación para reducir el esfuerzo al desplazarse, o si lo hacían para impedirlo, como creí entonces. No lo tengo claro.

    Conforme estaba más cerca mi cuerpo se inclinaba hacia adelante, como queriendo adelantarse a lo que me esperaba. Quería saber cuál sería el desenlace para mí en el momento en que él escaneara rápidamente mi rostro y lo descartara por otro, como no había dejado de hacer desde que lo vi. Me miraría unos segundos y me descartaría; no tenía dudas de eso. Pero antes de eso podía haber dos revelaciones: que me mirara o que comprobara que soy invisible.

    Poniendo a prueba mi memoria para recordar el lugar donde estaba él, fui reconociendo árboles, bancas, pilares y paredes que me sirvieran de referencia para que mi ser pudiera colocarse frente a su mirada y ser atravesado por ella. Que pareciera algo casi involuntario.

    Paré cuando supe que tenía que hacerlo. Estaba ahí. Si no volteaba pronto hacia mi derecha, probablemente me perdería el momento en el que él me dirigiría la mirada. Sería un acontecimiento sumamente breve; sin embargo, se sentía como lo más importante de mi vida.

    La plaza lo supo y bajó su ritmo; muchos se callaron y otros hablaron más despacio, el sol dejó de ser tan impetuoso y el viento atravesó suavemente las hojas de los árboles.

    Ya estaba pasando. Él me estaba mirando y yo no hallaba cómo devolverle la mirada.

    Me estaba reconociendo. Claro, porque ya nos conocíamos.

    ¿Dónde?

    ¿cuándo?

    Comenzó a caminar hacia mí, escuchaba sus pasos seguros y alegres. Se acercaba, pero sus pasos se escuchaban cada vez más lejos. Eran unos pasos entregados y generosos, transmitían la jovialidad de quien los caminaba.

    Había algo en el aire que se acomodaba, como si el espacio hubiera encontrado por fin su forma. No era la primera vez que estábamos así:  frente a frente, él mirándome fijamente y yo bajando la mirada con una timidez infantil y sosa.

    No dijimos nada, porque el silencio que había entre dos ya se sentía demasiado lleno. Lleno de recuerdos de una vida que no recordaba haber vivido.

    Sabía que él estaba a punto de suspirar, y segundos después lo hizo. Yo conocía detalles minúsculos de su vida: cómo inclinaba la cabeza cuando esperaba una respuesta, cuándo su risa era sincera y cuándo reía por complacer. Su risa tenía un sonido armónico que yo amaba escuchar; se reía con una especie de incredulidad divertida, dejando escapar el aire entre los dientes.

    Su voz era otra de las cosas que había escuchado un millar de veces: suave, casi cálida, pero con un fondo firme. También sabía cuándo lo inundaba el enojo, la distancia que tomaba cuando estaba molesto, la frecuencia de sus suspiros cuando estaba triste, y la forma torpe de disculparse cuando se equivocaba.

    Sabía las palabras que evitaba pronunciar, cómo hablaba con cuidado y equilibraba ese cuidado con una honestidad inesperada. Sabía que era amable sin ser del todo bueno, pero que podía ser egoísta si se trataba de compartir lo nuestro con los demás.

    Antes de que pudiera moverme, él ya sabía que iba a hacerlo. Cuando quise seguir avanzando, se acomodó a mi lado para hacerlo conmigo. Sabía que yo no iba a levantar la mirada, no porque no quisiera, sino porque no podía; en realidad, no había podido nunca.

    Mis miradas ausentes hacia él, él las compensaba con las suyas hacia mí. Era una mirada conocida y constante, como si siempre me hubiera estado mirando.

    Entonces me invadió una felicidad inexplicable, una plenitud que solo aparece cuando estás con alguien que amas y te ama en la misma medida. Mi sentimiento se le contagió, a pesar de ya estar bastante feliz desde que me miró llegar, su felicidad cambió en el momento en el que la mía lo hizo.

    Él no necesitaba preguntarme nada porque lo sabía absolutamente todo de mí. Yo no quería ocultarle nada, no necesitaba hacerlo. Él conocía todos mis defectos, manías, la forma en cómo el estrés me hace daño, el dolor que me provoca mi cuerpo cada mes y todos desestiman, mi renuencia a volver a entrar en la tienda de telas donde me dijeron que esperara afuera, todo.

    Nos refugiamos del sol bajo la sombra de un árbol, vi varias parejas pasar y me parecieron imperfectas comparadas con nosotros. De seguro que, si pudiera saber lo que pasa por sus mentes, encontraría algún rencor entre ellos, enojo, o algún deseo oculto. Mi hombre y yo no éramos víctimas de esas pequeñeces.

    Conforme avanzábamos juntos, me di cuenta de que las personas que antes nos ignoraban ahora nos miraban expectantes. Reducían el paso, nos observaban y luego bajaban la mirada con una tristeza amable.

    ¿Por qué sentía que había estado en esta situación un millón de veces antes? Todo era nuevo, excepto las sensaciones y el hombre que caminaba a mi lado. Incluso los transeúntes que se cruzaban con nosotros eran personas desconocidas, pero me llevaban a pensamientos recorridos por mi mente muchas veces antes de esto.

    Entonces entendí algo que no venía de ningún pensamiento, pero me golpeaba tan fuerte que sentía partirme en dos. No importaba si lo había conocido antes, tampoco era relevante dónde o cuándo. Tal vez conocí en un lugar donde eso no importa, su origen tal vez no es algo explicable en términos lógicos. Era tan real, y al mismo tiempo tan frágil que un solo gesto como voltear a verlo podría quitármelo. Avanzamos un poco más en la plaza, o tal vez no nos movimos ni un centímetro.

    Pero decidí, como lo había hecho miles de veces antes, no voltear a verlo. Dejé que existiera así. Como existen las cosas que no necesitan ser ciertas.

  • Indigno de ser humano de Osamu Dazai

    —¿Yozo Oba era un hombre cómico o trágico? —Me pregunté a mí misma en voz alta, todavía medio adormilada, mientras trataba de mantener los ojos abiertos.

    —Trágico que se disfrazó de cómico —concluí.

    Dejé de luchar por abrir los ojos y los mantuve cerrados.

    —No —dije un poco más fuerte y alargando la “o”.— Era cómico porque lo ridículo y “gracioso” a veces es doloroso, incómodo, lastimoso. Aunque algunos rían en voz alta de eso.

    Me di cuenta de que el libro estaba a un lado de mí, que se había cerrado y ya no lo volvería a abrir porque lo terminé.

    —¿Cuál sería el antónimo de Yozo? —me pregunté a mí misma con una curiosidad genuina.

    Pensé un momento en las cualidades y defectos de Yozo y concluí que definitivamente el antónimo sería “confianza”. Él les causaba tanta desconfianza a los demás que nunca fue capaz de mostrarse a sí mismo sin una máscara. El momento que significó un quiebre definitivo para él fue cuando Yoshiko sufre un abuso a causa de la confianza que deposita ciegamente en los demás.

    —La confianza tiene una esencia trágica —sentencié.

    —Tal vez otro antónimo adecuado para Yochan sería “mujeres” —se escaparon las palabras otra vez de mi boca.

    Tendría sentido que por eso sintiera cierta aversión hacia las mujeres: las sentía mucho más perceptivas, lo cual significa un peligro para las máscaras que él utilizaba con tal de no mostrarse.

    Constantemente fingía sentimientos, ideologías o acciones. Actuó toda su vida.

    Creo que muchos pueden pensar que la historia gira en torno a alguien que no sabe adaptarse a la sociedad. En realidad, yo creo que él sí se adaptó, porque creó todo un personaje que creía que encajaba con lo que socialmente se esperaba de él. El problema es que nunca lo sintió suyo.

    —¿Si lo cómico es trágico, lo trágico es cómico? —me pregunté mientras me incorporaba con dificultad de la cama.

    Yo creo que sí. Incluso hay momentos en los que me puedo burlar de mis propias tragedias. Al momento en que este pensamiento cruzaba por mi mente sentía un pequeño dolor al darme cuenta de lo lamentable que era lo que estaba pensando.

    ¿En qué momento sentiste que Yozo dejó de actuar… o nunca dejó de hacerlo?

    —¿Cuál es el antónimo de máscara? —dije.

    —Espejo, claro —aseguré mientras asentía con la cabeza.

    En el espejo siempre me veo yo, pero lo que yo veo en el espejo no lo ven los demás; ya sé que suena ilógico, pero es real. En el espejo me reconozco como una otredad, pero esa es exclusiva para mí. Los demás también me perciben como una otredad, pero ellos ven una máscara que es conjunto de lo que yo muestro y de lo que ellos perciben.

    Me da impotencia que los demás no me vean como yo me veo en el espejo. Constantemente me encuentro diciendo: “Yo soy X” y los demás me responden: “No, eres Y”.

    —Debería platicar esto con alguien más y no conmigo misma —casi sin terminar la oración, porque un suspiro me interrumpió.

    Estaba sentada al borde de la cama, recorriendo mi habitación con la mirada, cuando me surgió preguntarme:

    —¿Las puertas son cómicas o trágicas? —dudé por un momento, luego, segura de lo que me diría, aseveré fuertemente—. Son trágicas, por supuesto.

    Ya sea abierta o cerrada, una puerta hace que tu corazón dé un vuelco, sobre todo si es un lugar que no conoces: no sabes lo que te encontrarás cruzando el umbral.

    Puede ser un lugar agradable o desagradable, iluminado o en penumbras. Si no cruzas la puerta, la puedes usar como una ventana simplemente para ver lo que hay dentro.

    A mí me emociona, pero también me aterra cruzar puertas. Ahora imagina una puerta cerrada: es muy trágica esa simple imagen.

    La verdad es que esta puerta, en este momento, me está protegiendo de tener que compartir estas palabras con alguien más, porque, aunque anhelo hacerlo, también me da miedo la violencia que eso significa.

    Verse a través de los demás es violento. Ver a los ojos a alguien es muy osado. Compartir ideas con otros es una actividad que disfruto, pero me da miedo, casi como lanzarse en un paracaídas.

    —Aun así, no me siento indigna de ser humana —lacónicamente concluí.

    —¿La dignidad humana es cómica o trágica? —me pregunté con un dejo de miedo en mi voz.

    Después de un rato respondí:

    —La dignidad humana es cómica.

    Aunque alguien haga cosas que lo hagan considerar moralmente indigno de la humanidad, no hay nada que pueda negar su naturaleza como ser humano. Si la humanidad fuera enteramente buena y en algún lugar remoto surgiera un ser malvado, ese sería indigno. Sin embargo, somos mucho más complejos que eso.

    Por eso, si pensamos en que alguien es digno o indigno desde una perspectiva moral, se convierte en un concepto muy cómico.

    Yozo Oba era trágico por la autodestrucción que lo caracterizó. Se destruyó porque no encontró una máscara con la cual se sintiera cómodo él mismo. Tal vez le faltó verse al espejo más seguido y comprender que, al final, el problema no es la máscara, sino que cada uno ve algo distinto cuando la mira.

  • Los recuerdos del porvenir de Elena Garro

    Después de Elena Garro me quedó claro que el pasado no siempre pasa con normalidad, a veces me atrapa y me mantiene siguiendo una coreografía establecida por el tiempo, pero otras veces, aunque pause mis relojes, el tiempo va a seguir pasando. Mis recuerdos se pueden disparar cuando escucho cómo el viento pasa entre las hojas de un árbol, y entonces en ese momento volveré a otro lugar donde el viento pasaba justamente igual entre las hojas de un árbol. Lo volveré a vivir, pero a ese recuerdo pasado se le impregnarán sensaciones de este nuevo momento. Luego, cuando vuelva a estar en una situación similar y escuche el mismo sonido del viento pasando entre las hojas de un árbol, recordaré los dos momentos pasados y se volverán presente otra vez, y tal vez también porvenir.

    A mí me ha pasado muchas veces que cuando me cuentan algo, siento que lo estoy recordando, aunque nunca lo haya vivido. Desde que me percaté de que esto me sucedía, dudo mucho de la fidelidad de mis recuerdos. Además, como lo mencioné cuando hablaba de Las olas de Virginia Woolf, los recuerdos llegan como olas y luego se van, y en ese vaivén pueden cambiar.

    ¿Pero cambia algo si la memoria recordada es colectiva? Eso es lo interesante de que la historia de este libro nos la cuente el mismísimo Ixtepec; yo lo interpreto como una memoria colectiva. A veces habla de los pobladores en tercera persona y luego hay momentos en los que dice “nosotros”, “nuestro”. Durante toda la lectura, la figura de Ixtepec me pareció enigmática y sobrenatural, porque nunca se me había ocurrido hablar con un pueblo. No es lo mismo que una persona te narre una historia o que lo haga una montaña. El que lo haga un pueblo es un punto medio que no puedo explicar. ¿Qué se siente ser un pueblo? Eres un espacio geográfico en el cual hace años las personas decidieron asentarse, y luego se volvieron parte de ti. Ellos van y vienen, nacen y mueren, pero tú no; tú vas a estar eternamente ahí.

    Que sea el pueblo quien cuenta la historia implica una perspectiva muy amplia de todo lo acontecido. Los pobladores de Ixtepec viven un tiempo demasiado breve como para recordar cosas que Ixtepec puede; él puede comparar y darse cuenta de que, al parecer, la vida es cíclica. Que no importa qué tan distinto sea un ser humano al otro, pueden cometer los mismos errores, que parecen atrapados.

    “Una generación sucede a la otra y cada una repite los actos de la anterior. Solo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera para luego despertar y empezar un dibujo diferente.”

    Si Ixtepec puede recordarlo todo, ¿cómo podemos situarnos en el tiempo dentro de esta historia? Porque puede ser que él recuerde tan vívidamente que se vuelvan a vivir los mismos acontecimientos. Pareciese que el pasado sigue ocurriendo: está en el presente y estará en el futuro. El tiempo se mueve de forma misteriosa en esta historia; parece que a veces se detiene y otras veces algunos de sus pobladores detienen sus relojes tratando de congelar el momento.

    Yo insisto en que el Ixtepec que nos cuenta la historia es una memoria colectiva, porque no interviene, solo está ahí presenciando e incluso sufriendo con sus pobladores y los invasores. Es una presencia omnipresente, pero solo eso: en ningún momento interviene.

    Ixtepec es espectador y víctima de una violencia silenciosa. Se queda esperando a que venga el gran Abacuc a salvarlos de los militares, pero nunca llega nadie. ¿Cómo iba a llegar Abacuc a salvarlos si dejó las armas y se convirtió en un pequeño comerciante que viajaba de pueblo en pueblo en una mula?

    Muy frecuentemente amanecen personas colgadas de sus árboles; en algún momento lo dijo, no recuerdo las palabras exactas, pero dijo que serán distintas personas, pero seguirán siendo los mismos árboles. Porque Ixtepec es permanente.

    Pero debo decir que la violencia que se vive en Ixtepec no solamente es silenciosa, también es simbólica y sistemática, y siento que las principales víctimas son las mujeres. Mujeres tan distintas se presentan en esta historia: están las cuscas que viven en la casa de Juan Cariño, las mujeres que viven presas en el hotel por los militares, las mujeres como Elvira y Conchita y, por último, las mujeres como Isabel. Tan distintas, incluso me atrevo a decir que tan contrarias entre sí, y todas atravesadas por la misma violencia.

    Aun así, narrando la violencia que viven todas estas mujeres y siendo condenadas a una opresión tan grande, las veo también como resistentes; de hecho, son parte clave en la resistencia que planea Ixtepec contra los militares.

    La presencia militar dentro del pueblo significa opresión para todos. Es como si llegasen a tu casa: no te piden permiso para entrar, se acuestan en tu sillón y suben los zapatos sucios a tu mesa, y aun así tú tienes que servirles. Es muy fuerte.

    En la primera parte de la historia, cuando llega Felipe Hurtado al pueblo y plantea que lo que les falta a las personas es ilusión, despertó en mí una alegría y un poquito de esperanza, tal como les pasó a quienes decidieron participar en la obra de teatro. Cuando estás inmerso en una situación de violencia así, el sentir ilusión y apreciar cosas como el arte y la expresión es una forma de resistir. Las personas en Ixtepec ya no apreciaban ni siquiera la belleza de lo cotidiano, pero era porque no podían:

    “Ella no pedía nada: oír cantar a sus canarios, guardar las fiestas, mirar al mundo adentro de su espejo y platicar con sus amigos. Y no lo lograba: enemigos lejanos convertían en crimen todos los actos inocentes.”

    Una de las cosas que más me dolió de la historia es que la obra de teatro se haya quedado en la preparación del vestuario, la escenografía y los ensayos.

    Sentirme cercana a esta historia no fue en absoluto difícil. Me sentí sumamente finita en comparación con Ixtepec. Me sentí con ganas de guardar mi ilusión aun en momentos difíciles.

    Tal vez por eso hay lugares que no recuerdan, simplemente siguen viviendo lo mismo.

  • Una habitación propia de Virginia Woolf

    ¿Qué opciones te brinda o te da el hecho de tener una habitación propia? Una sola habitación, un espacio, una pieza. Podría incluso dirigir mi imaginación hacia algo mucho más grande, como tener una casa propia, pero tener una casa propia significa tener acceso a distintos lugares y espacios dedicados a actividades distintas. Pero ¿qué actividades realizas en una habitación aparte de dormir? Cualquier cuestión que venga a mi mente referente a esa pregunta son actividades en las que requiero un tanto de intimidad.

    Antes de comenzar a leer Una habitación propia de Virginia Woolf yo sabía que era un libro sobre las mujeres y la literatura. Yo soy una mujer que escribe y, si bien estoy viviendo muchos años después de los que vivió Virginia, entiendo y me duele la situación que ella describe en este ensayo. Todos nos lamentamos la pérdida de la biblioteca de Alejandría; supongo que duele porque era algo valioso que existía y dejó de existir. Pero de manera personal también me duele lo que ni siquiera pudo existir, pero había potencial: y es lo que muchas mujeres pudieron narrarnos a través de su literatura.

    El extracto que dice:

    “El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: ‘escribe si quieres; a mí no me importa’. El mundo le decía burlonamente: ‘¿Escribir? ¿Para qué quieres escribir?’”.

    Fue tan real porque incluso actualmente escribir cuando se hace como un pasatiempo es algo ridiculizado. Si alguien se atreve a auto llamarse escritor se le considera tonto. Actualmente pareciese que ser escritor se valida únicamente si tienes éxito y libros publicados. Pero es que además lo que es escrito por mujeres es completamente invalidado porque creen que las mujeres solo escribimos cosas sumamente sentimentales. Bueno, la cuestión es que, si así es, no le veo lo malo.

    La mirada femenina me ha salvado muchas veces: en la literatura, en la música, en el cine; pero también en la calle, en la escuela, en el trabajo, en mi casa. Yo quiero saber lo que las mujeres opinan siempre, quiero saber cómo ven la vida. Y quiero leerlas siempre.

    Sé que muchas personas leen este ensayo de Virginia Woolf como teoría feminista y entiendo por qué lo hacen. Hoy, de hecho, creo que mi primera intención al acercarme a este libro era también esa, pero debo confesar que al final terminó siendo una lectura mucho más íntima. Sobre todo, sentí varios jalones de oreja cuando decía que las mujeres muchas veces vemos fragmentada nuestra voz en lo que escribimos porque queremos escribir como los hombres. ¿Cuántas veces me he avergonzado de lo que he escrito?

    Yo no escribo ni la décima parte de lo bien que me gustaría hacerlo, pero no voy a llegar a hacerlo si sigo avergonzándome tanto.

    Yo tengo una habitación propia que es literal; ahí escribo esto que estoy escribiendo en este momento. También desde esa habitación trabajo, lo cual me permite tener una habitación propia en el sentido económico. Antes las mujeres eran sumamente pobres, y no porque no quisieran trabajar sino porque no tenían oportunidades de hacerlo. Yo, dentro de mis limitaciones, puedo hacerlo. Tal vez lo único que me falta construir es una habitación propia que sea mental y un espacio seguro para escribir. Este blog donde publico mis conclusiones sobre lo que leo es una habitación propia simbólica que he construido poco a poco y apenas está en sus cimientos.

    Las dos condiciones que Woolf plantea —dinero y espacio— siguen siendo sumamente necesarias para cualquiera que quiera escribir o dedicarse a cualquier actividad artística. Yo actualmente agregaría otra condición: el tiempo. Cumpliendo con estas tres cuestiones alguien puede consagrarse a explayar su creatividad libremente y crear representaciones de la vida a través de palabras, música, pintura o imágenes.

    Y es que incluso las personas que vociferan constantemente que el arte es mal pagado porque es algo innecesario son las personas que constantemente están escuchando música o consumiendo cine. ¿Qué sería de sus vidas si se les negara este tipo de expresiones?

    Abrir el aspecto creativo de la mente requiere de un entorno físico que no afecte la capacidad de pensar. Y esto me atrevo a decirlo con mucha certeza porque lo he visto. Yo tengo un espacio que podría considerar adecuado para escribir, pero lo construí —debo admitirlo con algo de vergüenza— no para escribir sino para trabajar. Siempre había querido escribir, pero nunca me había dado la oportunidad de hacerlo porque yo misma lo consideraba algo a lo cual no valía la pena dedicarle tiempo. Pero una vez que las condiciones estuvieron dadas, no pude resistirme y empecé a escribir.

    Judith Shakespeare, de haber existido y tener las mismas habilidades creativas y cognitivas que su hermano William Shakespeare, habría terminado suicidándose. Sí, esta hermana de Shakespeare es imaginaria, pero es un ejercicio estupendo que nos propone Virginia Woolf en el ensayo porque te permite comparar las condiciones a las que eran sometidos hombres y mujeres en ese tiempo. Todos sabemos quién es William Shakespeare; todos podemos mencionar, aunque sea una sola obra de él. Nunca he escuchado a nadie que dude de su talento. Pero si hubiera tenido una hermana con sus mismas habilidades, pero con la diferencia de que era mujer, el destino de ella hubiera sido completamente distinto: condenada a huir de su casa si no quería contraer matrimonio, viviendo en condiciones sumamente precarias y de pobreza porque ese era el destino de las mujeres solteras, no habría tenido más opción que suicidarse.

    Y eso nos abre a la posibilidad también de pensar en cuántas voces femeninas nunca tendremos la oportunidad de leer porque nunca tuvieron la oportunidad de existir. Y esto también me lleva a pensar en las autoras que yo sí he tenido oportunidad de leer últimamente, algunas muy contemporáneas como Cristina Rivera Garza y Fernanda Melchor, a través de las cuales he podido ver distintas caras de la violencia en mi país, pero también autoras como la misma Virginia, de la cual amo su mirada de lo cotidiano. Ellas han escrito como mujeres y eso me hace poder leer como mujer, por eso es por lo que me gusta tanto la literatura femenina y ahora lo entiendo.

    Creo sobre todo que han logrado escribir con una “mente andrógina”, que es un término que plantea Woolf dentro de este ensayo, donde menciona que es fatal que la mujer solo sea mujer y el hombre solo sea hombre porque eso limita nuestra visión del mundo. Creo que es una visión bastante sana porque nos permite estar abiertos en términos creativos.

    Actualmente se han puesto de moda esos términos de energía femenina y masculina y hablan de que incluso haber perdido esto es una consecuencia de las problemáticas que existen actualmente. Se nos culpa principalmente a las mujeres de adoptar posturas más masculinas y que es por eso por lo que los hombres han construido una masculinidad más violenta o hay quienes dicen que han perdido su masculinidad. La verdad ese tipo de ideas me suenan completamente absurdas, otro tipo de violencia misógina.

    El sistema nos tiene frecuentemente enojados a hombres y mujeres; tal vez eso nos hace renunciar a tener una “mente andrógina”. El enojo nos hace renunciar a una de las dos partes, pero es un mecanismo de supervivencia. Estamos enojados como estaba la sociedad de Virginia Woolf después de la guerra y de la violencia que se vivió; hoy eso no ha cambiado.

    Woolf también hace una crítica hacia el resentimiento con el cual escribían muchas mujeres que lograban escribir en ese entonces. Ella decía que ese resentimiento limitaba. Yo no estoy al 100% de acuerdo con esa afirmación. Yo creo que el resentimiento en muchos contextos es inevitable. Si plasmamos en la literatura la realidad, y en la realidad hay condiciones que nos hacen sentir violentadas y por lo tanto resentidas, tenemos que plasmarlo; es casi una responsabilidad. Pero también le doy la razón, porque como ella mencionaba, toda la literatura escrita por hombres acerca de las mujeres estaba llena de resentimiento y odio. En esos casos ya no se estaba plasmando la realidad; más bien se estaba manipulando.

    La libertad a mí siempre me ha llevado a reflexionar sobre otros temas, pero especialmente hablando de la actividad de escribir creo que escribir es un acto de libertad, una consecuencia de ser libre. Por eso, para escribir primero necesitas ser libre y muchas veces esa libertad te la da un espacio y un sustento económico.

    Me gustó mucho la ironía desde la cual escribió Woolf casi al final del texto cuando se disponía a dar una arenga. Esas últimas palabras llegaron directamente y me invitaron a muchas cosas, pero sobre todo a escribir. Me recordó la postura que tienen muchos hombres frente a las mujeres y me gustaría decir que actualmente ya no es así, pero estaría mintiendo. Así que al recordar esa visión masculina no puedo hacer nada más que no olvidarla.

    Virginia es sumamente lúcida en este ensayo. No pensó en estas cosas únicamente para escribirlas, sino que las veía constantemente; estaban en su día a día, eran parte de su realidad. Creo que ella reconocía su privilegio e hizo algo magnífico con ello, que fue escribir como mujer libre, tomar posturas, distintas perspectivas enriquecedoras, crear personajes masculinos y femeninos dándoles un trasfondo profundo y humano.

    Ella me invita a ser una escritora justo como ella lo fue, así como lo acabo de describir en el párrafo anterior. El mundo en el que ella vivió es muy distinto al mío, pero hay cuestiones esenciales que no cambian, y es justo en esos vértices donde me he encontrado con ella.

    Inicié escribiendo esto con una pregunta en la mente: ¿Qué opciones te brinda o te da el hecho de tener una habitación propia? Y yo creo que una habitación propia te brinda precisamente eso, opciones. Desde tu privacidad y soledad, tu genialidad se puede ir desbordando libremente.

  • Un dulce olor a muerte de Guillermo Arriaga

    ¿Alguna vez has dicho una mentira, ya sea grande o pequeña, que se repitió tantas veces y se volvió verdad?

    Desde el inicio de la novela se sintió muy familiar, como la narración del inicio de un día cualquiera. Ramón tenía una tiendita como esas que yo veía en mi camino hacia la preparatoria, que estaban ya abiertas esperando clientes desde temprano. El bullicio de niños corriendo de un lado a otro también es un sonido conocido para mí. Y lamentablemente también conozco la sensación de despertar con una noticia como la que sacudió a Loma Grande ese día. Pero toda esa experiencia, aunque rodeó todo mi pueblo, yo no la viví directamente porque nunca vi, sentí ni olí el dulce olor a muerte, solo dejé que me lo contaran.

    Lo que sentí también al final de la novela fue el mismo sentimiento que me acompaña cuando recuerdo ese suceso: una desesperanza y resignación tristes. También hay un poco de impotencia, una sensación incómoda de que no hay nada más que hacer que quedarse viendo. Yo no quería terminar el libro cuando faltaban 14 páginas; quise parar y dejarlo para otro día. Lamentablemente, para el día siguiente que lo leí, el final seguía siendo el que había predicho que sería.

    Es un libro lleno de escenas perturbadoras e incómodas, pero desde el primer capítulo está una que impacta tanto a Ramón como al lector: cuando encuentran el cuerpo de Adela. Pero personalmente, y no sé si los demás lectores coincidan conmigo, una de las partes que más me perturbó es cuando intentan preparar el cuerpo de Adela porque está empezando a descomponerse con el calor. Me parece muy fuerte que su cuerpo estuviera expuesto y vulnerable y en tan poco tiempo comenzara a descomponerse. También hubo otra escena que incluso me hizo plantear qué preferiría cuando yo muera: ser cremada o ser enterrada. Fue cuando el cuerpo de Adela ya estaba en su casa y las moscas se posaban en sus ojos entrecerrados; me hizo sentir vulnerable ante la idea de que las moscas se posaran con tal impunidad en los ojos de alguien.

    Es curioso porque son personajes muy humanos y desde mi contexto incluso los sentí muy conocidos, pero por quien no creí sentir una empatía inesperada fue por Justino Téllez. El delegado, la autoridad del pueblo. Él supo que el Gitano no era el asesino de Adela; se internó un poco en la investigación, pero lo dejó rápidamente. Creo que lo invadió la sensación de que era inevitable que hubiera más muertes a causa de ello. Cuando conoces quién está en la autoridad y sabes que la justicia para ellos no es una opción, cuando además sabes que culturalmente estás envuelto en dinámicas que no te permiten salir de ahí, el impulso del momento de hacer lo correcto se desvanece, se ahoga, no sobrevive mucho tiempo.

    Un simbolismo que me impactó mucho fue el del cuerpo muerto. Ya mencioné más arriba cómo me hizo sentir lo vulnerable que era el cuerpo de Adela, pero además cuando Ramón se siente aplastado por las dos Adelas me di cuenta de que cuando mueres dejas de ser y te conviertes en lo que recuerdan de ti. Para la mayoría solo era el cuerpo porque no conocieron a la Adela viva, pero para Ramón había dos Adelas: la viva que él conoció de lejos y de la cual se enamoró, y la muerta que estaba ahí tendida descomponiéndose.

    El cadáver se vuelve el centro de todo en muchos momentos porque es lo único que muchos conocían sobre Adela: es la prueba de un delito, es la forma en que muchos satisfacen su morbo, es la novedad, se vuelve un espectáculo, se vuelve un estorbo, y eso me pareció en muchos momentos muy violento. Todos quieren ver, todos quieren acercarse, quieren saber, comentar, estar en el centro. Es como si perdieran la compostura porque se embriagan con el olor a muerte.

    Es impactante cómo un acto de violencia individual, que fue el asesinato de Adela, todo el pueblo lo convierte en un acto de violencia colectivo. Incluso parece un pueblo unido primero por el morbo y después por la venganza. Pero sobre todo se unen —especialmente algunos personajes— en un silencio que resulta muy violento porque hay personajes clave que, diciendo la verdad, podrían encontrar al asesino de Adela, pero pareciera que todos tienen un pacto simbólico de silencio. Hay algunos personajes en los cuales entiendo por qué guardaron silencio, pero ahí entran algunos dilemas morales interesantes.

    Ramón sabe que Adela nunca fue su novia y que solamente cruzaron unas palabras mientras ella estuvo viva. Justino Téllez ve que la huella del zapato tiene cierta medida y sabe que el asesino no es el Gitano. Ranulfo La Amistad sabe que inventó que vio a Adela con el Gitano. Gabriela sabe que quien realmente estaba con el Gitano era ella. Astrid sabe que Adela andaba con un hombre casado.

    El silencio se presenta de distintas formas: para Ramón es cobardía; para Justino y para Gabriela es supervivencia; para Astrid es complicidad. Para La Amistad no tengo claro si es porque sabe algo más y quería desviar la atención. Puede ser que él sea el asesino; en realidad no me convence esa teoría, pero puede ser una posibilidad.

    Algo impactante también en esta novela es que en ningún momento alguien tiene intención de que se haga justicia, pero sí tienen mucha hambre de venganza. Da la sensación de que saben que la justicia no les va a llegar, que es algo que no existe o es inaccesible para ellos. Por eso la alternativa que les suena más lógica es la de matar al asesino de Adela. Hay también una urgencia de cerrar el conflicto; no importa si sacrifican a un inocente y el asesino está viviendo ahí con ellos en el pueblo. Nadie hace esto por Adela; incluso Ramón, que se dice enamorado de ella, parece que lo hace más por demostrarse hombre.

    Otro elemento que fue central desde el inicio fue cómo opera el rumor dentro del pueblo. Se corrió el rumor de la muerte, luego el rumor de que Ramón era el novio de Adela, luego el rumor de que el Gitano había matado a Adela y, al final, el rumor de la venganza que aplicaría Ramón. El rumor se impuso y nadie fue capaz de hacerle frente con la verdad. Se creó una verdad oficial a base de rumores y eso desencadenó el final.

    Hubo un momento en que ya fue imposible dar marcha atrás. Por ejemplo, para Ramón el que todos lo vieran como el novio de Adela, incluso los padres de ella, desmentir esa mentira se vería como cobardía. Fue un acto cariñoso hacia Adela no desmentir eso. Lo interesante de esa parte es que él mismo empezó a creerse esa mentira porque quería que ella en realidad estuviera enamorada de él. ¿Qué tanto estamos dispuestos a creer mentiras que nos hacen un poco felices?

    Adela era una adolescente que vivía su vida de adolescente, a excepción de que era la amante de un hombre casado. Tal vez si Astrid hubiera dicho eso le hubiera hecho más daño a Adela porque la gente en esos contextos tiene ciertos códigos que no negocian. Hubieran justificado su muerte y la hubieran repudiado más, lo cual era algo sumamente injusto.

    Tanto sus actos cuando estaba viva como las circunstancias de su muerte reflejan un profundo odio hacia las mujeres y un machismo que impera en contextos similares a los de Loma Grande. Algo que es considerado normal ni siquiera se nota porque está en el día a día. El que un hombre amenace a una mujer con matarla por serle infiel no es normal, pero en ese pueblo se veía como una consecuencia totalmente proporcional al acto. Por momentos incluso parecía que todo el pueblo se compadecía más de Ramón —que era el novio de Adela— que de la misma Adela, que era a quien habían asesinado. Era como si Ramón hubiera perdido una pertenencia valiosa.

    Yo no sé, en este momento no puedo responder si una tragedia así pudiera evitarse, porque no se trata solo de acciones individuales; es algo incluso sistémico, social, cultural, institucional. Dentro de un contexto así ni siquiera una persona que se considere libre puede salir limpia de una situación donde todo está establecido para que funcione de ese modo. Tampoco quiero decir que esto sea un destino; esta historia está forjada de decisiones humanas, pero esas decisiones se toman según las herramientas que tenga cada uno.

    Es una novela sumamente vigente, y lo digo con tristeza. Creo que seguirá vigente muchos años más porque la violencia como acto colectivo la he visto por mí misma y se ve a diario en México y en otras partes del mundo. Es una historia que dialoga perfectamente con la violencia contemporánea en México.

    Aun así, también deseo con todo mi corazón que ya no existan más Adelas. Y si llegaran a existir, me gustaría que recibieran justicia, que no hubiera impunidad para sus asesinos, que como sociedad no permitamos que estas situaciones queden, así como si nada, revictimizando a la víctima, incitando más violencia y dejándonos llevar por el morbo del dulce olor a muerte.

    Yo creo que una mentira no se vuelve real, aunque la repitan todas las personas durante mucho tiempo y en muchos lugares; eso sigue sin ser verdad. Pero sí creo que nuestras mentiras transforman la realidad, y eso es distinto.

  • Prosa Completa de Alejandra Pizarnik

    Calculó los residuos de esperanzas que yacían en su alma: ¿qué esperar?, ¿cuándo?, ¿hasta dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?

    Actualmente, Alejandra Pizarnik es una figura popular en redes sociales, o por lo menos eso me hace creer mi algoritmo cuando me lanza un montón de videos o imágenes con poemas escritos por ella, a veces verdaderos, a veces apócrifos, o cuestiones referentes a su vida personal, como su amistad con Julio Cortázar o su suicidio. Yo la conocí gracias a esa popularidad en mi época de preparatoria, cuando no la estaba pasando nada bien y, de repente, me encontré su escrito llamado Dolor. Fue una revelación tremenda porque ella estaba describiendo lo que yo sentía y yo no había experimentado eso de manera tan directa. Me aprendí ese escrito de memoria, pero no quise leer nada más de ella.

    Siempre me han dicho que enero es mucho más frío que diciembre; lo he escuchado siempre, pero creo que solo en los últimos años de mi vida he tomado conciencia de muchas cosas. El domingo que tuve que ir al médico me di cuenta de que era verdad y subestimé los fríos anteriores que había sentido, que no eran nada comparados con lo que estaba sintiendo ese día. Llegué a mi cita puntualmente, pero el doctor no había abierto ni siquiera la puerta de la sala de espera; aunque el tianguis que estaba en esa calle ya me estaba esperando, así que fui a recorrerlo. Estaban los mismos puestos que están domingo tras domingo; aun así, yo buscaba algo nuevo en lo ya conocido. Me encontré un puesto de libros; sabía que iba a comprar algo en cuanto lo vi, y así fue. Estaba dispuesta a comprar un libro, no sabía cuál, pero lo iba a comprar. Y ahí estaba el libro Prosa completa de Alejandra Pizarnik. Me acordé de ese poema y, después de casi diez años de haberlo leído y memorizado, me estaba volviendo a sentir igual de triste y con el mismo dolor que cuando lo encontré por primera vez.

    ¡No ser! Y ahora, ¿acaso ella era? ¿Qué era? ¡Un grito de dolor! Un simulacro fastidioso de agonía humana que ocultaba un prosaico y pequeño fracaso: ¡el de su vida! Quería atribuirse la responsabilidad del vértigo universal, cuando en realidad no era más que una partícula llorosa y humillada por esa vida tan dura y tan mala, ¡vida que no comprendía, vida que no intentaba comprender, vida que no aceptaba! Tornó a sufrir.

    Sabía que no encontraría la poesía que me aparece ocasionalmente en TikTok o en Instagram, sino que iba a encontrar prosa. Me percaté de que al final había ensayos y reportajes, y yo quería saber qué podría decirme Alejandra en un ensayo. Pero también había un apartado de humor que, sinceramente, me llamó mucho la atención y, cuando lo empecé a leer, fue la parte a la que quería llegar.

    Más allá del texto que estuviera leyendo, lo que fue una constante es la sensación de que Pizarnik no escribe para explicarse o para decir algo importante; escribe para perderse aún más. Y eso me gustó mucho porque algo en lo que todos caemos —o hemos caído— cuando escribimos, pero incluso también cuando hablamos, es que queremos comunicar cosas importantes y que los demás asientan y digan que está bien, y mucho mejor si dicen que han aprendido algo de lo que escribimos. Eso hace que, cuando no escribimos con tanta maestría, sintamos que debemos dejar de hacerlo. Yo decidí iniciar este blog con la única intención de registrar mis lecturas y, para complementar, mi gusto por la lectura con mi gusto por la escritura, y esa ha sido la única intención. Por eso sigo escribiendo; si lo hiciera para comunicar algo importante, lo hubiera dejado de hacer desde mi primera entrada.

    ¡No! Todo estaba muy bien, muy correcto, muy sensato. Su cuarto vibraba de orden y belleza. Su cuerpo bien vestido y perfumado. Sus uñas luminosas, su rostro bien compuesto, su pelo simétrico y su frente intacta.

    Además de mi escoliosis de 10°, que es lo que actualmente más me preocupa, no me atrevo a comunicar que a veces, simplemente sin razón, me siento triste. Pero cuando leo a Pizarnik veo que ella también se sentía así y que, a lo largo de la historia de la humanidad, hay muchas personas que se sintieron y otras que actualmente se están sintiendo de este modo, y algunos que aún no nacen conocerán este sentimiento también. Se vuelve algo universal y me doy cuenta de que la máscara que yo uso la usarán otras personas porque no es exclusivamente mía. Eso se siente bien, pero al mismo tiempo se siente como una herida abierta que no cicatriza. Yo pensé que sí, porque desde la preparatoria no me sentía triste de esta forma, y ahora, con veintiséis años, vuelvo a sentir exactamente en cada esquina el mismo sentimiento que yo había olvidado. Pero que ni esa vez ni esta me he atrevido a comunicar a las personas que están a mi lado, por miedo a que me acusen de ingratitud y que menosprecien lo que siento, porque podría soportar todo excepto que me digan que lo que siento es pequeño y llevadero.

    Los humanos siempre queremos comunicar cosas; parece que tenemos una urgencia por decir lo que pensamos, y creo que eso nos hace humanos porque buscamos distintos medios para comunicar. A mí me gusta escuchar, ver y sentir lo que otros piensan; por eso me gusta el cine, por eso me gusta leer, porque cuando alguien me dice lo que siente sin decírmelo literalmente, me siento parte de la comunicación. Pizarnik tenía algo en contra del lenguaje porque lo veía como el medio, pero también como el límite. Yo quisiera también verlo como un límite: conocerlo y explorarlo tanto, al punto de querer más sabiendo que no se puede.

    Como una flecha venenosa, la contaminó un deseo: escribir, escribir.

    En la prosa de Alejandra Pizarnik aparece constantemente el tema de la infancia, y es curioso porque lo explora como origen y, a veces, me da la sensación también de que aparece como trauma, como un territorio perdido y corrompido. Mientras leía eso me pregunté: ¿quién es tan valiente como para escribir sobre su infancia y no narrar solo hechos, sino evocar sensaciones?

    La escritura en Pizarnik es auténtica porque no identifiqué que tuviera una intención más que escribir y perderse, como ya lo dije. Pero también hay veces que las personas se pierden para encontrarse, y creo que ella escribía así. Leí en su libro también que el poema no está completo hasta que encuentra un lector y ese lector le da un significado al poema, pero ese poema no tiene un lector determinado. Entonces, yo creo que escribes buscando y lees tratando de encontrar.

    Hubo partes de su prosa que me resultaron incómodas, densas y difíciles de sostener, y paradójicamente la mayoría de esas partes las encontré en el apartado de Humor. Si no me equivoco, llegué ahí el segundo día que estuve leyendo su libro y fue muy extraño leer el humor de Alejandra Pizarnik. Es un humor bastante fino, pero también bastante negro. Me incomodó y luego me cuestioné el porqué quería que todo lo que leyera fuera agradable según mis estándares. Me di la oportunidad de seguir leyendo, aunque me sintiera incómoda, y de ir leyendo mis propias emociones, preguntarme por qué eso me incomodaba. Simplemente era algo que no esperaba en ese apartado.

    Escribían NADA, con grandes caracteres luminosos, NADA imborrable y dolorosa, NADA desde lo más profundo de su alma. ¡NADA! Siguió pensando en la muerte. La tinta de la pluma languidecía, por lo que ella dijo: «¡Maldita lapicera!». Y rompió a llorar.

    Después de leer Prosa completa, me siento con un poco más de valor para escuchar mi propia voz. Sí, sí cambió un poco mi forma de pensar en cuanto a la escritura: me gustó recordar que incluso el lenguaje nos sirve tanto para perdernos como para encontrarnos, y para las personas que nos gusta escribir esto es algo que no debemos olvidar nunca.

  • Nadie me verá llorar de Cristina Rivera Garza

    El clima que domina esta novela está impregnado de polvo y de encierro; casi parece que puedes oler una habitación cerrada cuando empiezas a leerla. Te genera una sensación de que pronto tendrás fiebre y empezarás a tener esos sueños extraños que tienes cuando la temperatura de tu cuerpo se vuelve irregular; estás dañándote mientras intentas curarte.

    Hace mucho tiempo que no leía nada que estuviera ambientado en México, pero además lo interesante de este libro es que está situado en una época importante de nuestro país, que es la Revolución mexicana. Sin embargo, me está contando una historia paralela que por momentos se cruza con esa causa, pero también es muy ajena, porque esa lucha tenía como objetivo no dejar fuera del progreso que estaba experimentando México a una parte muy importante de la población: los pobres, los rechazados, los locos, las prostitutas. Y, sin embargo, muchos de ellos vivieron esos años ajenos a lo que estaba pasando en el país y a esos cambios que se estaban experimentando. Siendo México un país tan grande y tan rural en ese entonces, resultaba normal. Aunque otros, estando en la misma Ciudad de México, estaban ajenos a esa realidad porque estaban sumergidos en la morfina u otras drogas. Esta historia va de ellos, porque muchos de ellos se encontraban en La Castañeda, ese hospital psiquiátrico.

    Este libro tiene múltiples escenas que me parecieron memorables y muy impactantes. La primera fue cuando Joaquín vio por primera vez a Diamantina. Siempre he admirado a las personas que se mueven de forma agradable, con gracia, con un dejo de despreocupación y, sobre todo, si están tocando un instrumento, en una obra de teatro, bailando o algo similar. Diamantina estaba tocando el piano; me imagino que no era una mujer especialmente llamativa, pero era auténtica. Me impactó porque yo he visto personas así y sé que en ese momento sientes enamorarte de ellas.

    La mirada es importante en esta novela; una mirada define según sean los ojos que la dirijan. Yo soy muchas cosas distintas según quien me vea; no significa que yo realmente sea eso, sino que así me perciben y así me tratan. A los enfermos mentales de La Castañeda les pasaba así: los médicos los miraban como expedientes, Joaquín como fotos y muchos en la sociedad simplemente no los ven.

    Y ahí, siguiendo esa línea, también entra la fotografía, porque especialmente la fotografía de Joaquín Buitrago revela, inventa, traiciona, congela, controla. De manera muy vanguardista para su época captura silencios; de forma transgresora captura prostitutas y, muy resignadamente, también captura locos y presos.

    Fue interesante notar que a veces los narradores de todo esto eran los expedientes de los enfermos de La Castañeda, pero también da la impresión de que son expedientes demasiado primitivos y simplistas. Yo no soy experta en ese tema, pero tal vez esto se sienta así por la época en la que está situada esta historia. Creo que lo más difícil de todo eso era, incluso para los doctores, identificar esa delgada línea entre “enfermo” e “incómodo”. Tal vez muchos de los que estaban ahí simplemente empezaron a ser incómodos para alguien y por esa razón los internaron.

    Es muy interesante que en esa época se hablara tanto del progreso social, económico, político, etc., pero también se justificara la exclusión de unos cuantos bajo la hipótesis de que esas personas no tenían ninguna oportunidad de progresar y que, al contrario, eran un ejemplo de la involución.

    Cuando el experimento que estaba haciendo su tío Marcos con Matilda, de convertirla en una señorita de sociedad a pesar de su origen, falló, no fue porque ella tuviera la culpa o porque fuera real que las personas como ella no pueden ser decentes, limpias, trabajadoras. Lo que sucede es que ese mismo sistema que los quiere insertar dentro, los echa afuera, y entonces ya no depende de cada individuo.

    Las instituciones en esta historia (y en la vida real) aparecen como “máquinas” normalizadoras: por ejemplo, el hospital, el Estado, la familia, la ciencia; buscaban producir ciudadanos que encajaran con los estándares aspiracionistas de esa época.

    Como dije algunos párrafos más atrás, la mirada define, y cuando nadie está mirando a Matilda ella puede ser ella libremente. Porque precisamente esa es la libertad que sintió cuando llegó a la ciudad y es el anonimato que te da el vivir en un lugar con muchísimas personas por conocer, con muchísimas calles por recorrer. Y eso me llamó mucho la atención porque yo siempre he querido sentir eso, pero en donde yo vivo todos me conocen o por lo menos me identifican, y siempre siento una responsabilidad para con esas personas, y eso me molesta. Aunque, por otro lado, también debo reconocer que cuando nadie te ve no es tan simple como poder ser tú misma: si nadie te ve por mucho tiempo, se olvidan de tus necesidades.

    Matilda es un espejo donde se refleja la injusticia de la sociedad, los prejuicios sobre las mujeres y la locura, pero yo también quiero verla como un espejo que refleja resistencia. Yo quiero creer que esos momentos en los que no dejaba de hablar ni de moverse eran una forma de ocupar un espacio que se le quería negar. Si cuando actuó varias obras de teatro se estaba expresando y divirtiendo, creo que también podría hacerlo dentro de esa “locura”, seguir haciendo eso y resistirse a ser menos incómoda.

    Joaquín busca realmente en Matilda un pedacito de las mujeres que él había amado: Diamantina y Alberta. Y hay que reconocer que las tres tenían ese rastro de querer vivir en libertad y un desprecio por las convenciones sociales de la época. La mirada de Joaquín nunca me pareció muy confiable porque siempre lo vi como alguien obsesionado, ansioso, melancólico, pero sobre todo alguien que buscaba algo, aunque ni siquiera tenía claro qué era. Al final, Matilda también decidió dejarlo porque, como todos, también quería convertirla en algo que ella no era.

    En esta historia noté que se castigaban de manera especial dos cosas: la “locura” y la sexualidad femenina fuera de norma. Pareciera que se veía como si hubiese una relación directa entre las dos cuestiones y que una llevara a la otra y viceversa. Me gusta mucho que en esta historia pude ver y reflexionar ampliamente sobre cómo la sociedad siempre busca normalizar, pero nunca atiende las raíces de lo que sucede y duele.

    El lenguaje “clínico” o “institucional” que se maneja en parte del relato llega a indignar un poco porque minimiza mucho una cuestión que es bastante compleja y la hace ver como algo que no merece tanta atención o que simplemente se reduce a una palabra. Pero, al mismo tiempo, ese lenguaje también revela cómo se percibían esos temas. Es muy fuerte que una vida sea reducida a fichas, informes y causas; considero que eso es mucha violencia. Sin duda hay momentos donde todo es muy violento, pero no por violencia directa como un golpe, sino porque el sistema es cruel e injusto con algunas personas.

    Es curioso porque en esta historia me cuestiono bastante qué es lo que pesa más: si lo que le pasó a cada uno de los personajes, lo que recuerdan de esos sucesos, o lo que ha quedado registrado de eso a través de informes, fichas o fotografías. Por ejemplo, si nadie recuerda los años que Matilda estuvo en el desierto, ¿no pasaron? ¿Qué pesa más de eso: lo que realmente pasó, lo que Matilda recuerda de sus años con Paul, o simplemente que no hay registro y por eso asumieron que ella estaba delirando e inventando cosas?

    Yo identifico dos matices en esta novela: primero, la logro ver como una investigación del pasado, pero también se siente como un juicio moral del presente. Siento que hay una crítica muy clara al “progreso” y yo coincido con ello, porque creo que si deja fuera a un sector de la población no es realmente progreso.

    Creo que en esta historia llegué a empatizar mucho con la mayoría de los personajes, pero especialmente con Matilda: siempre evitó llorar frente a alguien y, cuando lloró, tampoco la vieron, y así el título Nadie me verá llorar cobra sentido.

    Una frase que viene en el libro y que me gustó mucho es precisamente sobre la cuestión de las miradas:

    “Matilda añora más que nunca vivir en un universo sin ojos, un lugar donde lo único importante sean las historias relatadas de noche.”

    Creo que después de terminarla pasará mucho tiempo en el que seguiré reflexionando sobre todo lo que leí, porque cien años después todo sigue siendo tan vigente. Nadie me verá llorar me dejó claro que no solo duele que te miren mal, también duele que no te miren en absoluto. Y quizá esa sea una de las violencias más silenciosas que siguen existiendo. Ahora me gustaría leer sobre La Castañeda.

  • La señora Dalloway de Virginia Woolf

    El cómo transcurre el tiempo dentro de la narrativa de Virginia Woolf es algo que se siente tan fluido, es tan natural cómo empieza y termina todo. Los acontecimientos se van presentando y dentro de ellos se va deslizando un hilo de pensamiento que le va dando forma a la historia y que es el sentido de la lectura. Este fluir del tiempo ya lo había sentido cuando leí Las olas, también de Virginia Woolf, pero en Las olas, al inicio de cada capítulo, se describía un momento del día que coincidía con la vida de los protagonistas; por ejemplo, en la niñez era el amanecer. Acá eso es mucho menos marcado, pero también muy visible.

    Aquí es muy interesante cómo dialoga el paso del tiempo externo —por ejemplo, las campanadas de Big Ben— con el tiempo interno de los personajes. Como todo gira alrededor de la preparación de la fiesta de la señora Dalloway, que al final termina siendo el momento donde más claramente los caminos de todos se juntan, aunque a lo largo del día ya se habían visto por fugaces momentos.

    En este relato el día se siente como algo inevitable: el tiempo sigue transcurriendo para todos y hay momentos que hacen que cada uno se sumerja en pensamientos tan trascendentales que contrastan con lo cotidiano de las acciones que están llevando a cabo, pero también esa cotidianeidad los saca de las profundidades de sus pensamientos y continúan dando vuelta sin parar.

    Todos los personajes utilizan mucho el recurso de recordar; tal vez es por eso por lo que, aunque sea una novela tan corta, yo siento a los personajes tan profundos, porque veo lo que están pensando y lo que recuerdan, y cómo eso contrasta también con quienes son actualmente y con las decisiones que los han llevado a estar donde están. Pareciese que durante toda la novela todos se cuestionan quiénes son y por qué están en los lugares en donde se encuentran. Algunos están algo arrepentidos, pero inmediatamente racionalizan sus decisiones y se conforman con ellas, y hay otros que se sienten completamente víctimas.

    Si hablamos, por ejemplo, de la protagonista, es la señora Dalloway mientras camina por Londres y organiza su fiesta y hace que el mundo gire a su alrededor, pero es Clarissa cuando recuerda su juventud y su vida antes de casarse.

    El percatarse de ese día que ya no era tan joven como antes le hizo recordar muchas cosas de su juventud y, aunado a eso, Peter la visita después de tantos años. Pareciese que esas cosas tan cotidianas le dan la oportunidad de abrir una puerta a algo más; el inicio puede ser el recordar algunas cosas y cuestionarse otras. Por ejemplo, cuando se cuestiona su decisión de terminar su noviazgo con Peter y regresa a ella la sensación que le dejaba estar con él, porque siempre se sentía juzgada, incomprendida, superficial e incluso tonta. Sin embargo, lo amaba profundamente, a pesar del carácter de Peter y de que nunca se sintió completamente comprendida por él tampoco.

    Sin embargo, su fiesta se presenta como un ancla en la realidad y le impide que se sumerja del todo en esos recuerdos y pensamientos. Los preparativos son un constante recordatorio de que tomó la decisión correcta al quedarse con Richard, porque le ha ofrecido una vida estable y feliz, algo que tal vez con Peter no hubiera tenido. La obsesión por esa fiesta y, en general, el empeño que pone Clarissa en cada fiesta en la cual es anfitriona se ve como un esfuerzo por evadirse, pero también por mostrarse como la señora Dalloway. Ella mantiene el equilibrio en su casa y en su mente al cumplir con lo que socialmente se espera de ella y siendo la mejor en su rol.

    Siento que últimamente no puedo evitar que el tema de la libertad se cuele en estas reflexiones que hago al terminar un libro. Pero también lo veo muy claro en esta historia. Clarissa es lo más libre que puede ser una mujer en ese momento histórico en el que se desarrolla la novela. Tomó la decisión que ella consideraba correcta al casarse con Richard porque le brindó cierta libertad, aunque parezca que no: le dio estatus —algo muy importante en ese momento— y le permitió ser el centro de algo que, en este caso, es su casa y sus fiestas. Puede parecer que Clarissa es una mujer superficial, pero no lo creo. Sin embargo, como a todos, le pesa tomar decisiones porque significa renunciar a algo, y ella renunció a algo que quería mucho: Peter. Tal vez con él no hubiera sido completamente feliz, porque Peter era un hombre que constantemente la subestimaba intelectualmente.

    Pero no solamente para Clarissa el pasado irrumpe en el presente, también para Peter, que acaba de regresar de la India y ve la ciudad tan cambiada, con tantos contrastes. Se encuentra con una sociedad completamente distinta a la que era cuando se fue y sigue recordando con muchísimo dolor el momento en que Clarissa lo dejó. Cuando se vuelven a ver, pareciese que incluso hay un sentimiento de decepción porque se ven envejecidos, pero siguen siendo los mismos, incluso siguen teniendo las mismas manías y formas de moverse, de hablar, de ser.

    El pasado irrumpe como una ola en el presente de los personajes.

    En los recuerdos de Clarissa parece que existe mucha nostalgia hacia quien era ella en su juventud y también un tanto de resquemor hacia Peter por no haber sido el hombre que ella quería. Extraña ser Clarissa y no ser solamente la señora Dalloway, aunque eso no implica que quiera renunciar a ser la señora Dalloway.

    De manera muy especial, Peter Walsh y Sally Seton significan en la vida de Clarissa aquello a lo que ella renunció para ser quien es actualmente. Son dos personas a las que amó, tal vez de forma distinta: a Peter de manera más romántica y a Sally desde una parte más libre, más inesperada, pero incluso más personal, porque la misma Clarissa define el beso que tuvo con Sally como el mejor momento de su vida.

    Ellos son lo que Clarissa perdió al elegir una vida “segura”. Por eso, cuando los recuerda, hay nostalgia y por momentos también algo de arrepentimiento, aunque no me dio la impresión de que fuera un arrepentimiento profundo que le provocara un malestar mayor. Sin duda es algo que ella quisiera ignorar más de lo que puede.

    Hay un momento donde Clarissa dice que tiene una teoría: para conocer a una persona tienes que conocer a las personas más importantes para ella y ciertos lugares. Creo que para conocer a Clarissa habría que conocer precisamente a Peter Walsh y a Sally Seton.

    El deseo en esta novela es algo más recordado que vivido. Incluso me atrevería a afirmar que también es más imaginado que vivido. Esto se ve claramente en la escena donde Peter ve a una joven bella y empieza a seguirla por la calle; todo termina cuando ella llega a su destino y entonces él se da cuenta de que en realidad no pasó nada, pero imaginar lo que podría pasar le dio, en ese momento, algo de sentido a su vida.

    Dentro de la novela hay otra historia paralela: la de Septimus. Es muy curioso, porque Clarissa y Septimus dialogan, aunque nunca se encuentren. Dialogan siendo la antítesis uno del otro. Clarissa eligió una vida donde nunca tendría que enfrentarse a lo que se enfrenta Septimus ese día. Él es un veterano de guerra que ha visto atrocidades y, además, tiene un trauma por la muerte de su amigo Evans; empieza a escuchar voces y a no distinguir lo que es real de lo imaginario.

    Septimus representa, en el mundo que habita Clarissa, aquello que hay que evitar a toda costa: lo que se sale de las normas sociales, lo indeseable. Es, sin duda, una enfermedad mental, algo que nadie quisiera padecer. Para Clarissa, la aceptación social y el sentirse en el centro y con las riendas de la situación es vital; para Septimus eso había pasado a último término, porque estaba padeciendo un dolor psíquico profundo y la incomprensión social aumentaba ese dolor.

    El que la novela se narre a partir de un día normal y cotidiano les da a las convenciones sociales un papel central en la vida de los personajes. Desde mi perspectiva, Peter tuvo una buena vida, sin embargo, socialmente era visto como un fracasado porque no tenía un puesto importante dentro del gobierno, había vivido mucho tiempo en la India y regresado “sin nada”, además de haberse casado y divorciado, y ahora buscaba casarse con una mujer que tenía dos hijos y era esposa de un general. Desde la juventud se veía que Peter iba a tener un futuro así, y creo que esa es la razón por la cual Clarissa no quiso casarse con él: ya había vislumbrado ese futuro.

    Es curioso cómo la fiesta representa un punto de conexión social, pero al mismo tiempo funciona como una máscara para Clarissa. Por eso, cuando algo se salía mínimamente del guion, le causaba gran estrés. Era una máscara eficaz, y por eso cuando Peter sí asistió a la fiesta le causó tanta incomodidad: ella sabía que Peter podía ver que estaba siendo falsa con los demás. Él la conocía lo suficiente como para notar que estaba exagerada e hipócrita con todos.

    En esta novela también se toca un tema que siempre me ha hecho ruido: la soledad. Pareciese que en esa sociedad era muy mal visto estar solo; sin embargo, todos se sentían solos. La cuestión no era sentirse solo o no, sino no aparentarlo. Yo, que soy una persona muy solitaria, sé que lo que pesa no es la soledad, sino el juicio sobre ella.

    Pareciese que los temas centrales de la novela son la mente, la sociedad y la libertad. Agregaría también el amor, aunque creo que está contenido dentro de la libertad.

    El dolor psíquico de Septimus está profundamente ligado a la mente y a cómo las experiencias externas moldean nuestros pensamientos y percepciones. Su muerte fue inesperada para mí, porque tuvo un momento de lucidez antes de morir: volvió a ser el Septimus de antes, bromeó e hizo reír a su esposa. Ese instante de lucidez es un gesto de amor final: Septimus vuelve un momento para no dejarla completamente sola antes de irse.
    Rezia, la esposa de Septimus, es un personaje muy interesante porque refleja también, de forma bastante contrastante, los temas que se abordan en la novela. Por ejemplo, ama profundamente a Septimus; sin embargo, no comprende por lo que está pasando. Ella simplemente quiere que él vuelva a ser como era antes, y el que sus cuidados no le ayuden la hace sentir impotente. Sin embargo, también carga con algo mucho más que los cuidados de su esposo: carga con los médicos, que pareciese que no ayudan en nada a Septimus con la enfermedad, y, para terminar, con la incomprensión social hacia su marido.
    Pero, sobre todo, ella era para Septimus lo que para Clarissa eran sus fiestas: un ancla, o un puente, a la realidad y a la sociedad. Así que ese momento en el que Septimus vuelve a bromear y a estar en el aquí y el ahora con Rezia es profundamente conmovedor y refleja mucho amor de parte de los dos. Luego, en menos de media página, se arrojó por la ventana y murió. Eso me sacudió mucho.

    Después de la muerte de Septimus, el segundo momento que más me impactó fue la reacción de Clarissa. El doctor Bradshaw y su esposa llegan tarde a la fiesta y explican el motivo. A Clarissa le incomoda tanto el tema de la muerte que se siente ofendida de que se hable de ello en su fiesta. Ahí se siente como si viera la muerte como una liberación, pero pensar en liberarse la incomoda profundamente.

    La escritura de Woolf se siente como una corriente de agua que fluye de manera tan natural que es casi imposible no dejarse llevar. Hubo muchos momentos en los que sentí que estaba leyendo mis propios pensamientos. Me identifiqué mucho con lo contemplativo de Peter Walsh; tal vez por eso no quiero que me consideren un fracasado, aunque quizá lo sea. Las personas que pasamos tanto tiempo pensando tendemos a no actuar, como si quisiéramos ahorrar energía para seguir pensando.

    Esta lectura me deja la certeza de que todo pasa, incluso lo que parece una gran tragedia. Todo se convierte en recuerdo y, aunque eso nos moldea, no termina con nosotros:

    “¡Fue terrible! —gritó Peter—. Terrible, terrible. Aun así, el sol seguía calentando. Aun así, todo se supera. Aun así, la vida suma un día tras otro.”

    Sé que en mi vida hubo personas que aún me definen y que, si las vuelvo a encontrar dentro de diez años, seguirán siendo las mismas, solo más viejas. Me quedo con la idea de que los vínculos nos definen no por sí mismos, sino por lo que recordamos y por lo que decidimos hacer con ellos, incluso cuando elegimos alejarnos.

    Creo que La señora Dalloway es una novela que narra la vida cotidiana, pero que quiere hablar de lo que se esconde debajo.